El Desierto de Atacama no es un lugar cualquiera para una joven francesa que lo descubre por primera vez. Es un espacio infinito, hecho de contrastes, en cuanto al clima, a la fauna y a la flora. Los colores cambiantes, la puna, los atardeceres, los oasis, la sequedad, los pueblitos atacameños llaman la atención y maravillan. La soledad y la inmensidad parecen hablarnos.
Pero en este mismo Desierto de Atacama, el desierto de los desiertos resulta ser la pampa salitrera; en ninguna parte del globo terráqueo se repetirá la magia de este paisaje.
Allí la belleza está oculta para los ojos de una extranjera. Poco a poco, se irá corriendo el velo que protege el misterio.
Allí, el paisaje es áspero, bruto. Al pisar los ex campamentos salitreros hechos de piedras y ripio, domina el sentimiento de abandono.
En esta tierra que en otros tiempos estuvo atiborrada de gente, aparentemente hoy no queda nada, sólo piedras y ruinas como si una guerra hubiera arrasado con todo. Efectivamente, hubo una despiadada guerra económica en la que el salitre sintético, más rentable, le ganó al pampino.
Decidí encontrar a los sobrevivientes de la epopeya del salitre y rescatar sus voces y vivencias. Rescatar la memoria pampina era una tarea urgentísima. Sencillamente porque las ruinas de las oficinas salitreras se van destrozando cada día más y, sobre todo, porque la mayoría de los pampinos que quedan vivos son muy ancianos y van desapareciendo poco a poco.
A partir de mi primer viaje a Chile, en 1993, al recorrer las silenciosas oficinas, al ver las estaciones abandonadas, pude captar la importancia fundamental de los trabajadores pampinos.
Entonces, tomé la decisión de ir a su encuentro. A través de entrevistas grabadas con magnetófono les invité a que me contaran sus recuerdos, bonitos e ingratos.
Mi primer encuentro con Chile había sido en 1975 gracias a la presencia, en Europa, de miles de refugiados políticos chilenos, y particularmente de representantes de la Nueva Canción Chilena como Quilapayún, Illapu, Inti Illimani, los Parra, etc. Con sus canciones comprometidas, ellos me dieron a descubrir la historia de un país lejano del cual la lola que yo era entonces no sabía nada. Con ellos conocí la maravillosa y estremecedora Cantata Santa María de Iquique que tanto me impactó y que me llevó al norte chileno dieciocho años después: Iquique, Antofagasta, Humberstone, Chacabuco, María Elena, Pedro de Valdivia…
Desde 1993, y hasta hoy, no he dejado de volver a Chile trabando muchas amistades duraderas, volviendo especialmente a la tierra nortina, cuna del movimiento obrero chileno.
Profesora de castellano –ahora jubilada– hice una tesina universitaria sobre los mineros del cobre y del salitre a través de la literatura chilena del siglo XX (1992) , y otra sobre Andrés Sabella, poeta lírico del Norte Grande (1995).
Asimismo, he publicado en francés, en París:
Tras las huellas de los mineros del salitre (L’Harmattan, 2006). *
Viaje poético al norte de Chile (L’Harmattan, 2013, bilingüe). *
1973 y después… Memorias de un exilio chileno (L’Harmattan, 2018).
Estadio Nacional 1973, Chile los ojos vendados (L’Harmattan, 2018).
Traducción al francés del libro de Jorge Montealegre, Frazadas del Estadio Nacional (Lom, 2003).
Y acabo de traducir al francés otro libro de Jorge Montealegre, Noticias de un pueblo fantasma. Chacabuco, prisión y verso libre (Usach 2023). Esta traducción está por publicarse.
Pablo Neruda dijo de Andrés Sabella : «Sabella nortiniza como yo ensurezco ».
Me permito escribir que yo nortinicé y chilenicé ya que hice mía la historia de aquella tierra del fin del mundo.

Véronique BRUNET
París, 25 de abril de 2026
Nota: * disponibles en www.libreriaespecializada.cl